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“Desnudó a Trump” la caravana del migrante

Agencias.-Sus historias son parecidas y diversas. En sus ciudades o pueblos, en Honduras o El Salvador se les cerraron los espacios mínimos para sobrevivir. A una le mataron al tío por ser homosexual. Ahora la quieren matar a ella por darle alojamiento. A otra le mataron a un hermano porque la familia, pobre y trabajadora, no quiso pagar más la extorsión a las pandillas. Miles de hondureños huyen, porque “tenemos un presidente que gobierna muy mal y manda al ejército a perseguirnos”. A otra chica más, a quien le faltaba apenas un mes para terminar la preparatoria, su mamá, que vende tortillas, la lanzó al camino: “Prefiero saberte lejos que verte muerta”.

Estos son algunos relatos que narraron sus protagonistas, miembros de la caravana de migrantes centroamericanos, frente a muchos atentos escuchas; gente de cultura, de academia, de la sociedad civil. Y a un grupo de indígenas de las comunidades triqui, mixteca, nahua y mazateco asentados en la ciudad, portadores de experiencias de discriminación y desarraigo parecidas a las de los indocumentados que ahora tienen la palabra.

La caravana migrante, que arrancó su camino desde Tapachula hacia la Ciudad de México el 25 de marzo y que lleva tres días en la capital, fue recibida ayer en la Casa Refugio Citlaltépetl por el secretario de Cultura Eduardo Vázquez y la presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la ciudad Nashieli Ramírez. Se les invitó para dialogar con algunos integrantes de la comunidad cultural y de colectivos indígenas, deseosos de verlos a los ojos y escucharlos. Y en ese intercambio de palabras las lágrimas asomaron de uno y otro lado.

Al darles la bienvenida, Eduardo Vázquez señaló que recibir a los migrantes en Casa Refugio Citlaltépetl es un gesto que reivindica la naturaleza de esta ciudad, una Ciudad Refugio, como lo establece la nueva constitución. Y también, como un compromiso para trabajar para que, frente a la oleada de centroamericanos que huyen de sus localidades para salvar la vida, la capital también se consolide como ciudad santuario. “Sabemos que en su paso por México no siempre son bienvenidos y son maltratados y eso nos avergüenza. Cada vez que abrimos los brazos a un refugiado somos mejores personas”, dijo el secretario de Cultura.

Una caravana que pasará a la historia

Organizada por Pueblo sin Fronteras, que dirige el activista binacional Irineo Mújica, la caravana migrante de 2018 “va a pasar a la historia por dos razones”, sostuvo Marta Sánchez, del Movimiento Migrante Mesoamericano. “Primero, porque hizo que Donald Trump se acabara de desnudar ante los mexicanos e hizo que el presidente se atreviera a decirle sus verdades. Y segundo, porque nos da la oportunidad, como activistas, a colocar nuestra lucha para que este gobierno no siga haciendo el trabajo sucio a Estados Unidos deteniendo a los migrantes antes de que lleguen a la frontera norte”.

Rubén Figueroa, integrante del MMM, precisa que en el momento de mayor auge, la caravana llegó a tener cerca de 1,800 personas marchando y pernoctando juntas en la ruta. Pero, recordó, cada día, durante todos los días del año, una cantidad aún mayor, superior a las 2,000 personas, cruza la frontera sin documentos, sumándose así al incesante movimiento humano hacia el norte.

¿Y porqué? Lidia Janet lo explica, mientras cambia con agilidad el pañal de su niña de dos años sobre las rodillas: “Por la violencia. Aquí, por ejemplo, venimos tres familias del mismo sector de San Salvador. Es que ahí ya no se puede vivir. De un lado hay una mara. Si te cambias de colonia es peor porque ahí está la mara rival y te va a matar porque vienes del otro lado”.

Orfa Marín, de San Pedro Sula, viaja con dos adolescentes y un niño pequeño, de siete años. En su ciudad vendía jugos. Hasta que empezó a recibir amenazas del entorno de su ex marido, de quien se separó. “Yo ya tenía la mala experiencia. A mi hermano lo balearon esos mismos, hace nueve meses. Huyó, se fue a Estados Unidos pero ahora lo detuvieron y lo deportaron. No sé qué va a ser de él”. Con su actual compañero emigró y se asentó en Tapachula. “Dos meses estuvimos ahí, pasándola mal. Hasta que oímos lo de la caravana y nos armamos de valor. Lo único seguro que tenemos es que hacia atrás ya no volvemos”.

Entre los 1,800 centroamericanos indocumentados que arrancaron en plena semana santa su anual Vía Crucis Migrante viaja un grupo de chicas transgénero, como Marjori Alexandra o la Roxi. Entre todas se han hecho amigas en el camino y comparten las mismas tragedias. Maras, policías y crimen organizado han hecho de los crímenes de odio un nuevo deporte.

En el caso de Alexandra intervienen los dos factores: el intento de una pandilla, la de Barrio 18, de su nativo Cuscatlán, de reclutarla “para que les mueva la droga. Pero yo no quiero”. Para forzarla balearon a su papá, que quedó mal herido. Se recuperó y dos meses después regresaron por él y, entonces sí, lo mataron. “Se presentaron al funeral y me dijeron: trabajas para nosotros o matamos a otro de tu familia. Me fui para La Paz, pero ahí, en un año, mataron a 15 chicas trans, como yo. A seis de ellas en un solo mes. Y otra vez me fui”.

Desde hace un año vive en fuga, “cuando yo lo único que quiero es estabilizarme, vivir en paz, sin miedo”. Ahora tiene en su bolso un documento que la ampara para transitar por México durante 20 días. Bueno, 12 porque ya transcurrió una semana. Y no sabe qué hacer: “¿Me voy a Tijuana? ¿Me quedo acá? ¿Me brinco a Estados Unidos? Si no conozco a nadie, en ningún lado”.

Los escuchan el poeta David Huerta, el cineasta Paul Leduc, la experta en migraciones María Luisa Capella, los articulistas de La Jornada Pedro Miguel y Hermann Bellinghausen, la actriz Dolores Heredia, el periodista José Reveles, la antropóloga Lucina Jiménez y decenas de representantes de colectivos indígenas residentes en la ciudad.

Apunta Rubén Figueroa, el activista que ha facilitado en los últimos años el reencuentro de cientos de familias, que la caravana es excepcional porque camina bajo cierta seguridad. Pero en la realidad cotidiana, los migrantes avanzan escondidos en el monte, ocultos y traficados en triáileres, donde a veces se asfixian. Otros miles son deportados brutalmente. Y a veces desaparecen sin dejar rastro. Son más de 70 mil nombres que no aparecen en ningún papel, hace diez años, porque el gobierno de México ni siquiera tiene un mecanismo eficaz para buscarlos.

Por solidaridad, pero también por vergüenza

Ante sus relatos respondió el cineasta Paul Leduc después de escucharlos: “Estamos aquí por solidaridad, pero también por vergüenza. Porque tenemos que reconocer que la acogida en México no se puede idealizar, no van a encontrar aquí la respuesta que necesitan”.

David Huerta, poeta, hijo del Gran Cocodrilo Efraín Huerta, aludió a la gran prensa conservadora y trumpista de Estados Unidos que se atrevió a decir que la caravana se organizó para “invadirlos”. Pero, les pidió, “no olviden que en el norte también hay gente bien nacida, estadunidenses con el corazón en su lugar, dispuestos a luchar por sus derechos como migrantes y por convertir a sus ciudades en santuarios”.

Cuauhtémoc Cárdenas Batel, cuyo padre Cárdenas Solórzano fundó la Casa Refugio hace 19 años para honrar la política de asilo del México que implementó su abuelo, el general Lázaro Cárdenas, expresó que “somos muchos los que sí queremos que ustedes estén aquí, que no queremos que nuestro país sea el perro guardián de Estados Unidos”.

Sentada a medio metro de Cárdenas, una ancianita triqui sostenía una hoja de papel que consignaba ese mismo pensamiento: “Nuestro país es su país”.

Por su parte, Pedro Miguel puntualizó que lo que ha generado el imparable flujo de migrantes de Centroamérica a Estados Unidos a través de México y su mapa de violencia “no es una tragedia fortuita sino una deformación del sistema económico, que obliga a la gente a migrar, que ha hecho de nuestros países exportadores de carne humana y que estas migraciones, por este sistema perverso, son quienes subsidian a los países expulsores con las remesas”.

En el contingente que salió de Tapachula el 25 de marzo participan al menos 200 niños. Mientras se desarrolla el diálogo de sus padres y sus anfitriones, Casa Refugio ha preparado para los visitantes más jóvenes una sesión de juegos y dibujos en el patio, en torno a una fuente que les fascina. Una pequeña dibuja una estrella azul, un corazón amarillo, una mariposa colorada. Y anota con buena letra: “Todo se puede lograr con Dios que nos guía en nuestros caminos”.

Del contingente que inició la ruta hace poco más de tres semanas y que llegó a sumar dos mil migrantes, poco menos de la mitad continuó su camino hacia el norte. Unos cuantos más se quedaron en ciudades por donde pasaron para de ahí buscar un destino seguro. Y entre 600 y 700 más permanecerán todavía en la ciudad mientras definen sus siguientes pasos.

“No esperábamos ver tanta ayuda, tanta gente decidida a pelear por nosotros. Gracias, muchas gracias por no discriminarnos por ser migrantes”, concluyó.

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